12 junio 2007

FILOSOFÍA 2º BACHILLERATO, MARIA ZAMBRANO, FINAL DEL TEXTO, EXPLICACION

(línea 100 y siguientes)

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Sin embargo, aún quedaron personas que se siguieron admirando de las cosas, que no quieren dominarlas o hacerles violencia a través de los conceptos: esto último es lo que hacen los filósofos.

Se trata de los poetas, que se podría decir que han renunciado a seguir el método dialéctico de Platón: que consiste en salir de la caverna, en ir de ideas en ideas, a través de ideas… hasta llegar a ideas.

Los poetas renuncian también a seguir el método de la filosofía moderna, el de Desacrtes, que a partir del pensamiento y de la duda lleva a la existencia (pienso luego existo). Es decir, que a partir de las matemáticas conduce al control científico de toda la naturaleza y la sociedad.

Se trata -para el poeta y para Zambrano- de respetar la verdad de las cosas, de dejarlas ser y mostrarlas como son: la razón poética que defiende Mª Zambrano es una razón más respetuosa con las cosas. En esto, la filósofa malagueña sigue a su maestro Ortega, que defiende la integración (suma, complementariedad) de la vida y de lo que se conoce como "razón pura" (matemática, científica, lógica... )

Para todo ello el poeta tiene que servirse de la admiración maravillada ante las cosas, la admiración que ha traicionado el filósofo, pero también debe servirse de su imaginación, de lo que sueña de día y de lo que sueña de noche.

Pero queremos tener también claridad acerca de las cosas del poeta. ¿Será esto posible? Parece, al principio, difícil, porque mientras que los filósofos buscan las unidades de los grandes conceptos (Ideas, Dios, Ser, Causa, Razón, Modo de producción, etc.) los poetas mestran la tendencia a quedarse en la superficie de las cosas, en su apariencia contradictoria, múltiple, heterogñenea.

Es decir, que una poesía contiene todo lo contrario que una obra filosófica, y nos resulta difícil poner de acuerdo esos dos tipos de discursos -la poesía y la filosofía- tan diferentes entre sí. Porque el filósofo, el científico, el matemático y el ingeniero tienen claro lo que desean hacer con las cosas: reducirlas a unidad, controlarlas, para poder aprovecharse de ellas e instrumentalizarlas mejor. El poeta hace justamente lo contrario: ama a las cosas, pero a todas y cada una de las cosas, y no se siente capaz de imponerles a esas cosas la violencia de las ideas o de su inteligencia: las quiere tal y como se muestran.

En todo esto el poeta está diciéndole sí a la vida, como se lo decía Ortega. Pero ni Platón ni los cristianos le decían sí a la vida: el primero buscando imponer la Idea objetiva del bien a la realidad y a la sociedad justa; los segundos intentando llegar a Dios, en esta vida o en la otra.

Entonces, si el filósofo busca claridad y unidad, ¿qué es lo que busca el poeta? ¿La oscuridad y la dispersión? No, en absoluto. Si eso fuera lo que buscan los poetas, no podríamos entenderlos, y en general comprendemos sus poemas bastante bien, y de lo que hablan: amor, alegría y tristeza, vida, muerte...

El poeta busca también conceptos (unidades, nombres comunes), pero que respeten las cosas: al nombrar las realidades, el poeta nos expresa un sentir común, y ahí está su concepto y su idea, para que podamos entenderlo, a él y a su poema. Pero dice Mª Zambrano que esa unidad que expresa el poeta es incompleta, modesta, precaria, humilde.

La razón poética, las palabras poéticas, manifiestan una actitud religiosa ante la realidad, no una actitud técnica y científica que quiere violentarlas, manipularlas, servirse de ellas. El poeta aspira a decir o expresar las cosas que son, la afirmación de la vida, pero tampoco puede desdeñar las cosas que no son, las realidades negativas, la angustia y la muerte. Es decir, la realidad de los poetas es más que la realidad de la filosofía y de los científicos, porque comprende la cara y la cruz de la relidad del mundo y de la relidad humana...

Todo eso cabe en el peculiar sistema de conceptos que maneja el poeta: las metáforas.

06 junio 2007

FILOSOFIA 2º BACHILLERATO, MARIA ZAMBRANO

Fuente: www.ensayistas.org/filosofos/spain/zambrano/introd.htm

María Zambrano
LA MUJER Y SU OBRA
Chantal Maillard
Universidad de Málaga

Resumir una obra es dar por concluida una vida. Algo de mortuorio tiene, por tanto, esta actividad que, aún pretendiendo todo lo contrario, contribuye no obstante a confirmar la ausencia definitiva de alguien. Dos docenas de volúmenes firmados con el mismo nombre, familiar y sonoro, se apilan en mi mesa de trabajo, volúmenes en los que he buceado, sin miedo, durante años, cuando ella, la persona, aún viva, podía dar y daba testimonio de sus escritos. El estar vivo del autor le da a la obra cierto aura de ambigüedad, cierto tono de posibilidad, cierta esperanza de renovación también, o de contradicción incluso, que hace que no sea demasiado peligroso aventurarse en su escritura: a los vivos se les puede interpretar sin temor a la venganza de su sombra porque la palabra de los vivos es una llama voluble que toma los matices del aire que la soporta. La palabra de un muerto, en cambio, aún siendo palabra viva, ella sí, cargada de resonancia, arde en sí misma y domina con su ardor los páramos que la circundan limitándola y expandiéndola al par. Conjuro, pues, a las sombras y pido clemencia: andar en alma ajena no puede hacerse impunemente.

* * *

María Zambrano nace en Vélez-Málaga en 1904. Se traslada a Madrid a los cuatro años y de allí a Segovia donde reside hasta 1924. En Madrid cursa estudios de Filosofía, asistiendo, durante los años 1924-27, a las clases de Ortega y Gasset, de García Morente, de Julián Besteiro y de Zubiri, integrándose en los movimientos estudiantiles y colaborando, a partir de 1928 en distintos periódicos. Vive muy de cerca los acontecimientos políticos de aquellos años, de cuya vivencia será fruto un primer libro: Horizonte del liberalismo, aparecido en 1930. En 1932 firmó el manifiesto fundacional del movimiento denominado Frente Español, inspirado en gran medida por Ortega, movimiento que ella misma disolvió, "por ser leal a Ortega", como escribió ella misma, al ver que ciertas tendencias cercanas a José Antonio Primo de Rivera iban a tergiversar la naturaleza del programa que se habían trazado. Había sido nombrada, desde el año 31, profesora auxiliar de metafìsica en la Universidad Central. En el 32 sustituyó a Xavier Zubiri y comenzó a colaborar en la Revista de Occidente, luego en Cruz y Raya y en la revista Hora de España, desde su primer número, aparecido en 1936. En aquellos años que precedieron su exilio, conoció y entabló amistad con Bergamín, con Luis Cernuda, Jorge Guillén, Rafael Dieste, Emilio Prados y también a Miguel Hernández. Se casa en septiembre del 36 con Alfonso Rodríguez Aldave, recién nombrado secretario de Embajada de España en Santiago de Chile, con quien emprende un primer viaje a La Habana, de donde vuelven al año siguiente, él para incorporarse a filas, ella para colaborar con la República

Perdida la causa, María Zambrano sale de España el 28 de enero de 1939. Deja atrás todo lo suyo, incluida una caja con los apuntes de las clases de Ortega y de Zubiri que había preparado para llevarse. Fue, escribió, un acto de renuncia que le permitió recuperar, desde el fondo de la memoria, de manera necesaria, el contenido que tanto le había marcado. París, e inmediatamente México, luego de nuevo La Habana, son los primeros hitos del exilio. En Morelia es nombrada profesora en la Universidad San Nicolás de Hidalgo. Conoce y entabla amistad con Octavio Paz y León Felipe. También en ese año publica Pensamiento y Poesía en la vida española, y Filosofía y Poesía, a lo que seguirá una intensa actividad literaria. En 1942 es nombrada profesora de la Universidad de Río Piedras, en Puerto Rico. Progresivamente, se va dibujando en ella la necesidad de atender a eso que empieza a denominar "razón poética", una razón que diera cuenta de la recepción vital de los acontecimientos y se elaborara por la palabra, una razón siempre "naciente".

En 1946, viaja a Paris, donde encuentra a su hermana Araceli, torturada por los nazis, al borde de la locura. Se quedará con ella hasta la muerte de ésta. En París entabla amistad con Albert Camus y con René Char. En 1948 se separa de su marido y vuelve a La Habana ahora acompañada de Araceli, donde habrán de quedarse hasta 1953, fecha en la que viajan a Roma. Por aquel entonces escribirá algunas de sus obras más importante: El hombre y lo divino, Los sueños y el tiempo, Persona y democracia, entre otros. En 1964 abandona Roma (detalle curioso: es expulsada de Italia por la denuncia de un vecino fascista; causa: los muchos gatos que tenía en su apartamento. A veces los detalles son esas ineludibles circunstancias que provocan un giro en la existencia. Los gatos le acompañaron en su salida de aquel país hacia Suiza.) Siempre acompañada de su hermana, se instala en el Jura francés. Araceli muere en 1972 y María sigue en su retiro de La Pièce, con algún intervalo en Roma. Escribe Claros del bosque y empieza De la aurora. El giro hacia la mística se ha efectuado.

Mientras tanto, en España poco a poco se empieza a conocer a la escritora. En 1981 se le otorga el Premio Príncipe de Asturias. Desde Ginebra, donde se había instalado en 1980, regresaría por fin a Madrid en el 1984, después de cuarenta y cinco años de exilio. En 1988 le fue concedido el premio Cervantes de Literatura. Falleció en la capital española el 6 de febrero de 1991.

Las formas necesarias

Hay formas de pensamiento que resultan, si no históricamente necesarias, al menos profundamente significativas dentro de una cultura. Y al decir "formas" quiero decir "estilo", modo de hacer, pues si bien es cierto que las ideas constituyen un motor para la evolución de una sociedad, no son las ideas las que propician los saltos históricos, sino esas "formas actuantes", esto es, los modos de ver, el estilo con que el hombre se enfrenta a una realidad que puede ser estructurada y comprendida de múltiples maneras.

El pensar, pues, más que el pensamiento, de María Zambrano aporta algo, una forma particular de integrar los elementos de la realidad, esa realidad que ante todo se nos presenta como constitutiva del ser humano que somos. Una forma que le debe su peculiaridad a esta hibridez de la expresión en la que el carácter puramente filosófico de la exposición se ensancha con la musicalidad y el ritmo propios de la imaginación "poética": hacedora, creadora. En su escritura, en efecto, la palabra se encarna en la imagen y la razón fertiliza en el símbolo para así lograr la finalidad anhelada: engendrar en los ínferos y dar a luz en la conciencia para elevarse a los lugares de creación donde ser, plenamente, sea posible. Empresa, por lo tanto, femenina entre todas, puesto que se trata de dar a luz un cuerpo, cuerpo teórico: cuerpo especular, pues la theoría era esto en su origen: ver, asistir al espectáculo- y asistirle en su crecimiento hacia niveles más altos de ser hasta la consecución de su plenitud. Alimentar a ese cuerpo en principio ciego, indefenso, desde su opacidad hasta la transparencia, educarlo: conducirlo, este oficio de la visión es el de la maternidad, pues no solamente le compete a la madre el dar a luz sino también el seguir guiando hacia la luz. Y si el acunar, la inducción al sueño, es función de madre, también lo es el acto de despertar, de levantar al cuerpo de su sueño y devolverlo al humano transitar que es lucha por ser sobreviviendo, viviendo sobre sí mismo, de pie sobre su propio ser. Y la conducción hacia la luz, la alimentación de ese cuerpo en su vida, no podrá realizarse en la aridez de la razón patriarcal que aún encauzando y enderezando, pues tal es la función que se le atribuye, no basta para que hasta ese cuerpo llegue la savia que le hará crecer. La razón patriarcal, como estricto procedimiento conceptual, necesita de un medio maleable que evite que el cuerpo, a su entrada, se vuelva rígido y quebradizo; el juicio debe crecer sobre el agua, como los lotos, pues cuando crece sobre roca permanece por siempre ciego, como en su nacimiento, y el cuerpo teórico se vuelve entonces, peligrosamente, cuerpo normativo.

La razón-poética, ese estilo zambraniano a la vez operado y propuesto expresamente por ella como camino de realización personal, era necesario, y lo es aún, en una época en que la rigidez del racionalismo torna quebradizo el espíritu y oculta las dimensiones enigmáticas de la vida bajo falsas consideraciones que se constituyen en márgenes de seguridad y que impermeabilizan la razón.

Las influencias

Discípula entusiasta, aunque algo herética, de Ortega y Gasset, y también de Zubiri y de García Morente en los años 1924-1927, puede decirse que María Zambrano acrisola la tradición filosófica occidental recibida por boca de estos maestros del pensamiento y la palabra. Zambrano, filosóficamente hablando, es hija de su época, y en absoluto ajena a las inclinaciones del momento: la filosofía existencial, fenomenológica y vitalista sobre todo, aunque sus preferencias fuesen marcadamente hacia los griegos, hacia Plotino y hacia Spinoza, cuyo pensamiento a la vez ético y metafísico se hallaba más acorde con su propia forma de sentir. Pero no sólo a los filósofos debe la consecución de su particular forma de pensar, sino también a autores que pertenecen al ámbito de la psicología, de la mística, y de la antropología de la religión.

En cuanto a lo primero, es deudora, sobre todo, del psicoanálisis jungiano. Le debe a Jung no pocas consideraciones que intervienen en su fenomenología de los sueños y la arquitectura de la persona. Sin embargo, tales consideraciones no habrían cumplido su cometido de no haber sido tamizadas por el universo mítico de ciertas tradiciones que iban dirigidas a una espiritualización del individuo, a una comprensión más radical de la realidad propia y universal, a una trascendencia en fin, para decirlo en una palabra. Y si bien la lectura de los grandes místicos occidentales, sobre todo de los españoles (Juan de la Cruz y Miguel de Molinos más que otros) le ofrecieron símbolos que respondían al universo que ella pretendía expresar, fue no obstante por otra vía por la que el campo de lo simbólico se le ofreció sin reservas como telar para lo que se proponía. Esta vía le fue proporcionada por exegetas de la llamada "Tradición Unánime" o "Filosofía Perenne", como M. Eliade, H.Corbin, Massignon o R. Guénon (a pesar de la antipatía de éste hacia Jung)(1), autores cuya labor de síntesis es inapreciable para todo aquel que se dedique al estudio del sentimiento religioso como fenómeno básico de lo humano.

¿Podría considerarse a Zambrano como una autora "tradicional"? Y si así fuese ¿en qué medida? Para responder a esto, pienso que sería menester tener en cuenta dos cosas. La primera: las características definitorias de la denominada "filosofía perenne", que podrían resumirse en lo siguiente, de acuerdo con Huxley (2): se trata de un tipo de pensamiento -y de un proceso- a la vez metafísico, psicológico y ético; metafísico por su reconocimiento de una "realidad divina" en las cosas; psicológico, por su descubrimiento de una "realidad divina" en el alma humana; y ética porque se dirige al conocimiento del fundamento de todo ser. Conocimiento y ser se dan al unísono como consecuencia de la acción, una acción dirigida al propio cumplimiento.

Lo segundo a tener en cuenta es que esta "realidad divina" requiere, para ser aprehendida, de un método. Sólo mediante un método es posible despertar el poder latente en el fondo de la naturaleza humana y, en su caso, expresarlo. La sabiduría "tradicional", en efecto, se enseña de dos maneras: una es la vía del saber teórico y otra es la práctica. No suele darse lo uno sin lo otro, puesto que lo que se pretende es lograr la transformación interior, experiencial del sujeto. Según las tradiciones, se hará más hincapié en lo teórico o en lo práctico, pero ninguna de ellas prescindirá de cualquiera de estas dos vertientes.

Considerar a Zambrano como autora "tradicional" debe hacerse con mucha precaución. No hay constancia de que ella siguiese algún tipo de práctica especial, aunque sí la hay de que se consideraba profundamente -entiéndase: en su sentido original- cristiana. No cabe duda de que hubiese estado plenamente de acuerdo con los principios teóricos de la filosofía tradicional, tal como los hemos expuesto, siempre y cuando esa "realidad divina" fuese entendida como "principio que hace ser en unidad". Pero, a diferencia de los autores de la "Tradición", Zambrano, excepto en sus textos más poéticos, siguió fiel a la razón indagadora, y dubitativa incluso, de la filosofía occidental heredada de los griegos. Ella siguió un camino aprendido sólo en parte, y cuya práctica consistía en el propio caminar con la conciencia despierta, atenta al sonido de sus pasos.

No todos los caminos tienen por qué recorrerse sobre huellas consagradas; muy al contrario. Como ella bien dijo, hay caminos que son sendas que se abren en el bosque y que se vuelven a cerrar apenas hemos pasado. Estas sendas casi siempre llevan a ninguna parte, se pierden en el bosque. Pero, a veces, desembocan en algún claro; entonces, ahí, la persona puede ser testigo del juego de la luz en el ámbito de la visibilidad. Ver, y luego describir la visión. Ser testigo. La filosofía toda ella ¿acaso es otra cosa que la historia de un testimonio?

María Zambrano anduvo un camino personal; no puede decirse que ella lo inaugurara, pero sí que lo quiso convertir en método y proponerlo como tal, quiso describirlo mientras lo recorría. Ese camino es el de la razón-poética, su forma: la metáfora, su posibilidad: la disposición del espíritu, su materia prima: los símbolos. Y en esto último sí que se mueve Zambrano en terreno tradicional.

Los autores señalados, incluido Jung, dirían que si los símbolos nos abren alguna perspectiva es porque ellos conforman, a modo de arquetipos, una parte ancestral de nuestro ser y que, más que descubrirlos, los reconocemos, como por anámnesis reconoceríamos las Ideas según Platón, sólo que como Imágenes, no como conceptos. Su utilización no sería coincidencia nunca, sino recuperación; volveríamos a trazar una y otra vez, en diferentes épocas, mapas marcados con los mismos nombres y las mismas figuras, y al andar con el mapa en la mano se nos presentarían los mismos obstáculos, y obtendríamos los mismos resultados que aquellos que otros ya habían relatado. Y no es que exista de por sí esta geografía "mágica" o "sagrada" independiente de nosotros -algunos así lo creen- sino que son, digamos, señales del trabajo de la imaginación creadora. Una Imagen es un instrumento de conocimiento personal, un instrumento de trabajo interior, por ello es un error, demasiado frecuente por cierto, convertirla en "verdad" o darle un cuerpo concreto. Una Imagen debe quedar disponible siempre para su descubrimiento.

Henri Corbin, en su Historia de la filosofía islámica, señala la importancia del relato simbólico para la realización espiritual, y la diferencia entre símbolo y alegoría, siendo producto esta última de la degradación de lo imaginativo en imaginario (ficticio). El valor de síntesis de la imaginación ha sido resaltado por muchos y muy diferentes autores y escuelas, desde el sufismo de Ibn Arabi o la filosofía de la luz de Sohravardî (3), las escuelas tántricas del budismo tibetano o las técnicas de visualización del Yoga, hasta, pongamos por caso, el pensamiento crítico kantiano, la fenomenología de autores como Dufrenne y Merleau-Ponty, o la filosofía del ensueño de Bachelard. Ya se utilice como guía en la evolución mística o como instrumento de conocimiento personal, la imaginación activa se presenta como mundo intermedio entre lo sensible y lo inteligible, capaz, según Ibn Arabi (4), Dufrenne (Fenomenología de la experiencia estética, II) o Merleau-Ponty (Lo visible y lo invisible) de espiritualizar el cuerpo y corporeizar el espíritu.

Este valor de síntesis de la imaginación corre a la par con su valor noético. Al configurar sus propios símbolos, dice Corbin, el autor de este tipo de escritura le da sentido a "los acontecimientos de su alma" y redescubre entonces, en otro plano, el drama de su historia personal. Y no otra cosa es lo que pretende hacer María Zambrano. Su relación con la "filosofía perenne" sería, por tanto, doble: y por un lado su pronunciada simpatía por pensadores órficos y neoplatónicos, cuyo pensamiento ha sido aceptado como la base filosófica de la tradición cuando ésta se occidentalizó y, por otro lado, la utilización metafórica de muchos de los grandes símbolos tradicionales.

Claros del bosque y De la aurora son el mejor ejemplo que pueda aportarse a este respecto. Cualquiera de sus páginas presenta una delicada exégesis, apenas pretendida, fluida y bellísimamente realizada, de alguno de estos símbolos: el centro y el corazón, la fuente, el verbo, la palabra perdida, el despertar, el velo, la aurora, la caverna y el laberinto, y sobre todo el ser, cuya afirmación como centro sutil de la persona, distanciaría a la alumna de su maestro Ortega. En efecto, el ser, para Ortega, no era ninguna realidad sino una invención con la que el hombre pretendía adueñarse de la realidad que como tal se le impone. La realidad es anterior al ser y anterior a cualquier concepto que se tenga de ella. El concepto de "ser" surgió, según Ortega, cuando los griegos dejaron de creer en los dioses. Zambrano, en cambio, le devuelve a la noción de ser su carácter esencial y oculto, su disposición mistérica, no sin concederle sin embargo al maestro Ortega la aplicación a ese ser del reto histórico de lo humano: el ser es centro germinal, pero ha de hacerse proyectándose en la acción: existiendo.

No sería correcto darle mayor importancia a las influencias exteriores que recibió Zambrano con mucha posterioridad a su formación inicial. Ortega no solamente le imprimió a su espíritu el sello de autenticidad del verdadero filósofo en el discurso, sino también dotó su pensamiento de un horizonte y un paisaje, de un contenido. No son pocas las nociones y los temas que ella, habiéndolos asimilado, reproduce, al parecer sin darse cuenta. La "razón vital" indudablemente subyace en su "razón poética", la cual se presenta como método de escritura y de pensamiento a partir de los presupuestos orteguianos de la crítica al racionalismo, la incorporación al pensar de la vida como realidad que se impone, y del perspectivismo. Cuando Zambrano insiste en la reforma del entendimiento (5), prácticamente reproduce el modelo propuesto por Ortega.

La razón vital de Ortega quiso superar, aunándolos, el racionalismo y el vitalismo. A partir de la evidencia de que el hombre no podía considerarse independiente de sus circunstancias y de que la vida era en sí la única realidad radical, la razón habría de dejar de construir en el aire. Todo conocimiento parte de la vida, y la razón es parte de ella, es razón viviente, por cuanto que vivir, para el hombre, implica en acto de dotar de sentido su existencia. La razón, pues, no podía ser un constructo abstracto sino un modo de ser del hombre en su vida: en su historia.

Estos presupuestos, asumidos por Zambrano, fueron condición de posibilidad de otro tipo de "razón" cuya puesta en práctica elimina en gran medida la contradicción interna que aún persiste, pese a todo, en el discurso orteguiano. Y es que Ortega, para defender su raciovitalismo, utilizaba, formalmente, el mismo discurso racional que de sus predecesores. No supo, o no quiso hallar en la forma el elemento de ruptura que hubiese marcado definitivamente el giro que elaboraba su pensamiento. Y es muy probable que aquel no fuese su cometido.

No era necesario inventar un lenguaje nuevo: el cambio podía realizarse simplemente procediendo a una fluidificación del mismo. La dinamicidad de la vida, su multiplicidad, podía reflejarse mediante un discurso que, no dejando de ser racional, incluso a menudo rigurosamente racional, se adueñara de los elementos propios de la poética; el ensamblaje metafórico, la actitud creadora, hacedora de universos por el descubrimiento de nuevas relaciones a partir de mundos imaginarios superpuestos. La razón-poética es así una manera de poner en práctica la razón vital, discurso no necesario, discurso abierto, descubridor de ese andar haciéndose de la persona con su tiempo. Tal vez pueda decirse que, en este sentido, Zambrano fuera precursora de este "pensamiento débil" con que algunos autores han definido la racionalidad posmoderna.

La cuestión y su método

No creo que se equivocara quien, pretendiendo trazar las directrices de la obra zambraniana, la enfocara bajo dos grandes cuestiones: la creación de la persona y la razón-poética. La primera de ellas presentaría, digamos, el estado de la cuestión: el ser del hombre como problema fundamental para el hombre. Y se constituye como problema para el hombre lo que el hombre sea, porque se presenta su ser en principio como anhelo, nostalgia, esperanza, y tragedia. Si la satisfacción fuera su lote, ciertamente no se propondría su propio ser como problema.

El tema de la razón-poética, por otra parte, sin haberse expuesto especial y sistemáticamente en ninguna de sus obras, subyace no obstante en todas ellas hasta el punto de constituir uno de los núcleos fundamentales de su pensamiento. La razón-poética se construye como el método adecuado para la consecución del fin propuesto: la creación de la persona.

Ambos temas abordados con amplitud, aglutinan como adyacentes todas las demás cuestiones tratadas. Así, la creación de la persona se relaciona estrechamente con el tema de lo divino, con el de la historia y con la fenomenología de los sueños, y la razón-poética con la relación entre filosofía y poesía o con la insuficiencia del racionalismo.

La fenomenología de lo divino

En su prólogo a la edición de 1973 de El hombre y lo divino, Zambrano comentaba que "el hombre y lo divino" podría muy bien ser el título que le conviniese mejor a la totalidad de su producción. Y en efecto, la relación del hombre con "lo divino", con la raíz oscura de lo "sagrado" fuera y dentro de sí, de ese "ser" que ha de darse a luz, a la visión, es una constante en toda su obra. Fenomenología de lo divino, fenomenología de la persona o fenomenología del sueño, siempre se trata de una indagación que apunta a la desvelación de "lo que aparece", el "phainómenon" que en su aparecer constituye lo que el ser humano es. Búsqueda esencial, por tanto, búsqueda de la esencia sagrada, inasible, de lo humano que sin embargo se muestra de múltiples maneras, bajo aspectos que hemos denominado "los dioses", "el tiempo" o "la historia", por ejemplo.

Desde el albor de la historia, cuando el hombre se veía inmerso en un universo sagrado, hasta el momento de la conciencia en que la historia es asumida con responsabilidad por el individuo en trance de convertirse en persona, ha tenido lugar un largo proceso durante el cual ese individuo ha ido ordenando la realidad, nombrándola, al par que asumía el reto de la pregunta en los momentos trágicos, los momentos en que los dioses ya no eran la respuesta adecuada. Este largo proceso es descrito por Zambrano como el paso de una actitud poética a la actitud filosófica. La poesía, piensa Zambrano, es respuesta, la filosofía, en cambio, es pregunta. La pregunta proviene del caos, del vacío, de la desesperanza incluso, cuando la respuesta anterior, si la había, ya no satisface. La respuesta viene a ordenar el caos, hace al mundo transitable, amable incluso, más seguro.

Tratar con la realidad poéticamente, piensa Zambrano, es hacerlo en forma de delirio, y "en el principio era el delirio" (6), y esto quiere decir, explica, que el hombre se sentía mirado sin ver. La realidad se presenta completamente oculta en sí misma, y el hombre que tiene la capacidad de mirar a su alrededor aunque no a sí mismo-, supone que, como él, aquello que le rodea también sabe mirar, y le mira a él. La realidad está entonces "llena de dioses", es sagrada, y puede poseerle. Detrás de lo numinoso hay algo o alguien que puede poseerle. El temor y la esperanza son los dos estados propios del delirio, consecuencia de la persecución y de la gracia de ese "algo" o "alguien" que mira sin ser visto.

Los dioses míticos se presentan como respuesta inicial; la aparición de estos dioses es una primera configuración ordenada de la realidad. Nombrar a los dioses significa salir del estado trágico donde estaba sumido el indigente porque al nombrarles se les puede invocar, ganar su gracia y apaciguar el miedo.

Los dioses, pues, son revelados por la poesía, pero la poesía es insuficiente y llega un momento en que la multiplicidad de los dioses despierta en los griegos el anhelo de unidad. El "ser" como identidad aparecía en Grecia como la primera pregunta que, no siendo aún del todo filosofía, arrancaba al hombre de su estado inicial porque señalaba la aparición de la conciencia. La primera pregunta es la pregunta ontológica: ¿qué son las cosas? Nacida, según Ortega (7), del vacío de ser de los dioses griegos, esta pregunta daría nacimiento a la filosofía como saber trágico. Toda pregunta esencial es, para Zambrano, un acto trágico porque proviene siempre de un estado de indigencia. Se pregunta porque no se sabe, porque algo se ignora, porque algo falta; la ignorancia es la falta de algo: de conocimiento o de ser. Estos actos trágicos se repiten cíclicamente, porque también es cíclica la destrucción de los universos míticos. Los dioses aparecen por una acción "sagrada", pero también hay un proceso sagrado de destrucción de lo divino. La muerte de los dioses restaura el universo sagrado del principio, y también el miedo. Cada vez que un dios muere sucede, para el hombre, un momento de trágico vacío.

Durante el tiempo que media entre el advenimiento de los primeros dioses y el asentamiento del dios cristiano, había sucedido, al par que una interiorización de lo divino, el descubrimiento de la individualidad. El nacimiento de la filosofía había dado lugar al descubrimiento de la conciencia, y con ella, a la soledad del individuo. Lo divino había tomado el aspecto de la extrema extrapolación de los principios racionales. Por ello, el dios al que mató Nietzsche era el dios de la filosofía, aquel creado por la razón. Nietzsche decidió, según Zambrano, volver al origen, hurgar en la naturaleza humana en busca de las condiciones de lo divino. Con Nietzsche se fraguó la libertad ¾ trágica según Zambrano, exultante según el propio Nietszche¾ y con ella la recuperación, en lo divino, de todo aquello que, definido por la filosofía, había quedado oculto. De esta manera, Nietzsche destruyó los límites que el hombre había establecido para el hombre; recuperó todas sus dimensiones, y por supuesto "los ínferos", los infiernos del alma: sus pasiones. Y en los infiernos: la oscuridad, la nada, lo opuesto al ser y la angustia. La nada ascendió entonces desde los infiernos del cuerpo y penetró por vez primera en la conciencia ocupando allí los lugares del ser.

No obstante la nada, amenazante para el ser cuando éste pretende consagrarse, es también posibilidad, pues cuando una ausencia se hace notar ¾ y esto nos recuerda a Sartre¾ se padece: la nada padecida como ausencia es nada de algo, por lo que también es posibilidad de algo. La nada de ser apunta al ser como a su contrario. Pero ¿a qué tipo de "ser"? El de los griegos se había transformado de ontológico en teístico-racional, y éste se había anegado en los abismos existenciales. No era pues recuperable aquel concepto. Pero sí lo era el "origen". Y al "ser" como "origen, a esa nada del comienzo, a ese lugar sin espacio y sin tiempo donde "nada se diferenciaba", a lo sagrado puro, es a lo que Zambrano pretendió volver ¾ o llegar. Eso sagrado, no es sino la pura posibilidad de ser. A partir de esa "nada" el hombre habría de tomar sobre sí la responsabilidad de crear su ser, un ser no ya conceptual sino histórico; crearse a sí mismo a partir de la nada, bajo su propia responsabilidad apenas nacida, con la libertad que el surgimiento y la aceptación de la conciencia le proporciona. A partir de aquí puede iniciarse el largo proceso de la creación de la persona.

La historia.

Paralelamente al proceso de lo divino, tiene lugar otro proceso de similares características: el proceso histórico. Y también en la historia, casi al modo hegeliano, tendría lugar el paso más importante: el paso por la conciencia. La primera forma de estar en la historia, dirá Zambrano, es padeciéndola. El hombre se encuentra en la realidad padeciéndola, de la misma manera que padecía en el estado de delirio, la persecución de los dioses. Y tomar conciencia: dudar, poner en cuestión, es un paso trágico; no es fácil, para aquel que apenas empieza a tomar conciencia, pasar de un estado en el que otros, u otra cosa (los dioses, o el destino) le movían, a tener que mover él, tomando sobre sí la responsabilidad de su historia.

Tengamos en cuenta que Zambrano no sólo vive los acontecimientos de una época muy determinante en el proceso histórico-político de Europa, sino que también asiste al inicio de la cultura del espectáculo, una cultura en la que puede decirse muy literalmente que se asiste a los acontecimientos, que tomar conciencia es "asistir", en ambos sentidos: como prestar apoyo, pero sobre todo como presencia espectadora. Pues, en efecto, en aquella época, los medios de información permitían que los acontecimientos lejanos fueran conocidos, y de ello no deja Zambrano de admirarse. De esta asistencia espectadora nace, según ella, el sentimiento de convivencia: saber que todo vivir tiene su repercusión en el vivir ajeno, que la vida forma parte de un sistema (8). Y toda convivencia se establece en el tiempo, que es el medio de la vida, el "medio ambiente", el que a la vez que separa, comunica. Cada forma de convivencia se establecerá en un tiempo distinto, con lo que cada ser humano vivirá en múltiples tiempos sociales: ritmos distintos, pausas: articulaciones de la sucesividad pasado-presente-futuro. La historia existe y se hace porque el tiempo tiene esa extraña forma de pasar dejando huella y proyectándonos a un por-venir. El ritmo en que estos momentos se engarzan, la manera de prolongarse el tiempo en el presente, de man-tenerse: de tenerse durando el pasado en el presente, y de pre-tenerse el futuro en el presente, esa idea con la que Husserl planteaba el problema del conocimiento de lo real, el problema de la conciencia intencional, esta idea es la que utiliza Zambrano, sobre todo, para definir la historia y la vida humana. El tiempo de la conciencia husserliano viene a ser tiempo histórico por la sencilla razón de que, para Zambrano, la conciencia humana es, como para Heidegger, fundamentalmente histórica.

La toma de conciencia y de responsabilidad del hombre en la sociedad ha de pasar ciertos dinteles: debe de ser traspasado, en principio, la condición sacrificial de la sociedad, aquella en la que se requiere víctimas como resultado del endiosamiento de algunos. Debe ser traspasada la contextura dramática de la historia, pues la historia es drama cuando el argumento presenta unos personajes que actúan sin saber. "la contextura trágica de la historia habida hasta ahora proviene", afirma, " de que en toda sociedad, familia incluida (...) haya siempre como ley que sólo en ciertos niveles humanos no rige, un ídolo y una víctima" (9). El ídolo es aquel que exige adoración o la recibe simplemente; el ídolo es "una imagen desviada de lo divino, una usurpación" (10). El dintel que ha de ser traspasado en esos momentos, según Zambrano [tengamos en cuenta que Persona y democracia se publica por vez primera en el año 1958] es ese límite en que la tragedia -es decir, el caminar a ciegas, sin saber, movidos como víctimas, ya no puede mantenerse. Es el momento en que el personaje que representamos en la historia ha de ser trascendido para dar paso a la persona.

Esta toma de conciencia supone, igualmente, que todo absolutismo debe ser trascendido para dar paso a la democracia, y con el absolutismo, debe ser trascendido igualmente ese instrumento del poder que es el racionalismo.

La lucha de Zambrano contra el racionalismo tiene lugar en varios niveles, pues esta exacerbación de la razón no solamente supone la imposición de pautas, a nivel privado, para la comprensión de la realidad tanto exterior como interior, y la imposición de pautas, también a nivel privado, para el buen hacer de acuerdo a principios, sino también a nivel público, más peligrosamente, la imposición de reglas establecidas y justificadas por principios superiores incuestionables.

El racionalismo, dice Zambrano (11), es expresión de la voluntad de ser. No pretende descubrir la estructura de la realidad sino que asienta el poder desde una presuposición: la realidad ha de ser transparente a la razón, ha de ser una e inteligible. Por ello las religiones de dios único pueden ser fácilmente instrumento del absolutismo, pues sus principios son principios del racionalismo.

El racionalismo, consecuentemente, como todo absolutismo, de alguna manera mata a la historia, la detiene, porque realiza la abstracción del tiempo. Situado entre verdades definitivas, el hombre deja de sentir el paso del tiempo y su constante destrucción, deja de sentir el tiempo como oposición, como resistencia, deja de saberse en lucha perpetua contra el tiempo, contra la nada que adviene a su paso. Si toda historia es construcción, arquitectura, el sueño de la razón, del absolutismo y de las religiones monoteístas es construir por encima del tiempo. La conciencia, en esa atemporalidad artificial de lo eterno verdadero, no puede despertar, ya que la conciencia surge al par que la voluntad personal y esta se crece con la resistencia. Despojado de tiempo, el individuo no siente angustia, pero tampoco puede despertar de este estado de sueño.

Tiempo y libertad van unidos; "sólo sabiendo movernos en el tiempo podemos ser efectivamente libres, es decir, saber ejercer nuestra inexorable libertad"(12). Pero aunque ciertamente no podamos dejar de ser libres ¾ como lo había demostrado Sartre¾ no es lo mismo, piensa Zambrano, ser libres aún sin saberlo, que ser libres sabiéndolo o, más aún, ser libres sabiéndolo ser. El tiempo, por otra parte, puesto que es el medio de la vida humana, es condición de la libertad, por lo que "sólo sabiéndolos conjugar la vida sería verdaderamente humana" (13).

El problema fundamental que preocupa a Zambrano está planteado aquí: se trata de "humanizar la historia y aun la vida personal; lograr que la razón se convierta en instrumento adecuado para el conocimiento de la realidad, ante todo de esa realidad inmediata que para el hombre es él mismo" (14). Humanizar la historia: asumir la propia libertad, y ello mediante el despertar de la conciencia personal, la cual tendrá que asumir el tiempo, y más aún: los distintos tiempos de la persona. Por ello, el conocimiento de una tal realidad, la humana, requiere ante todo una concepción del tiempo, e incluso más: una fenomenología del tiempo en la vida humana(15), y esto es lo que trató Zambrano de hacer, respondiendo ella misma a su propuesta.

La creación de la persona (16)

Los mismos parámetros con los que define Zambrano la historia social, es aplicado por ella a la historia personal, y no ha de extrañar, puesto que la historia, la de todos, la hacen individuos que proyectan a nivel social sus temores, sus angustias, sus ansias, sus abusos, su ignorancia, sus anhelos. Las deformaciones sociales son la institucionalización de las deformaciones personales, y las constituciones, el precio que paga cada cual por atenuar consensualmente su propia angustia vital. Así pues, el endiosamiento de unos, la enajenación de otros (idolatría y sacrificio), la instrumentalización de la razón y la estructura temporal son pautas correctamente aplicables a la Historia ¾ la de todos, la que se construye en comunidad¾ y a esa otra historia que es el argumento de cada ser humano, padecida en la Historia y bajo ella.

a) El hombre como ser que padece su trascendencia.

El hombre no es solamente un ser histórico, aquel cuyo tiempo sea el sucesivo, tiempo de la conciencia aplicado a la realidad como sucesión de acontecimientos. El hombre es ante todo aquel ser destinado a trascender, a trascenderse a sí mismo padeciendo esta transcendencia(17), un ser, el hombre, en perpetuo tránsito que no es solamente un pasar sino un pasar más allá de sí: de aquellos personajes que el sujeto va ensoñando con respecto a sí mismo. Que el hombre sea un ser trascendente significa que no ha acabado de hacerse, que ha de irse creando a medida que va viviendo. Y si el nacer es salir de un sueño inicial(18), el vivir será ir saliendo de otros sueños, sucesivos éstos, mediante sucesivos despertares.

b) La fenomenología del tiempo.

La estructura de la persona se elabora, como la historia, sobre otra estructura: la temporal. Pero aunque la historia se conforme de acuerdo con múltiples tiempos, éstos se incluyen siempre dentro del tiempo propiamente histórico: el sucesivo; la multiplicidad temporal significa tan sólo la multiplicidad de ritmos, el "tempo" de las conexiones entre el suceso, su memoria y su proyección. Los tiempos del sujeto suponen algo más. Esquemáticamente, pueden distinguirse.

a) el tiempo sucesivo o tiempo de la conciencia y de la libertad, medible en sus tres dimensiones (pasado-presente-futuro);

b) el tiempo de la psique o atemporalidad inicial, tiempo de los sueños, donde el pensamiento no tiene cabida, ni tampoco la libertad. En esta atemporalidad el sujeto no decide, no mueve sino que es movido por las circunstancias;

c) el tiempo de creación o estados de lucidez, otro tipo de atemporalidad, pero a diferencia de la anterior, creadora. El sujeto no se encuentra bajo el tiempo, como en la atemporalidad de la psique, sino sobre el tiempo. Esta atemporalidad puede dar origen por un lado a los descubrimientos del arte o del pensamiento, y por otro, al descubrimiento personal o lo que Zambrano entiende por "creación de la persona". Estos instantes de lucidez en que el tiempo de la conciencia se suspende son aquellos en los que se producen los "despertares".

c) La forma sueño.

La fenomenología de la forma sueño secunda el estudio de los tiempos partiendo de la consideración de que en la vida humana se dan diversos grados de conciencia, y sobre todo, diversas maneras de estar la conciencia adormecida o subyugada. Vio María Zambrano la necesidad de proceder a un examen de los sueños no tanto en su contenido ¾ de esto ya se había encargado el psicoanálisis y no siempre con buena fortuna¾ como en su forma, es decir, en el modo que tienen estos estados de presentarse. Distinguió así entre dos formas de sueño:

a) los sueños de la psique, que corresponden a la atemporalidad de la psique, y entre ellos principalmente los sueños de orexis o de deseo, y los sueños de obstáculo, y

b) los sueños de la persona, también llamados sueños de despertar o sueños de finalidad, que son los que procuran a la persona la visión necesaria para su cumplimiento. Cuando surgen durante la vigilia, son denominados sueños reales, y han de ser descifrados a modo de enigma.

d) la cuestión ética: la acción esencial.

Los sueños de la persona exigen, por parte de ella, una acción, y la única acción posible, bajo el sueño, es despertar. La acción es distinta por completo de la actividad por cuanto que se trata de un hacer libre que le corresponde a la persona mientras que la actividad es el movimiento del personaje, ese continuo activarse que también es propio de la mente cuando actúa sin control. Se trata de la misma distinción que Zambrano hace entre transitar y trascender: el movimiento del personaje es un tránsito; el de la persona es trascendencia, un ir más allá de sí creándose a sí misma. La acción de la persona es siempre acción esencial: está encaminada al cumplimiento de su finalidad-destino, lo cual equivale a decir que, en su acción, la persona se cumple como tal.

La acción proviene siempre de un sujeto, pero de un sujeto que es, ante todo, voluntad, pues hay otra parte del sujeto, el yo, al que se le atribuye propiamente la conciencia. esta diferencia es importante a la hora de entender que la conciencia a menudo se opone a cualquier tipo de despertar. El yo, sabiéndose vulnerable, actúa a modo de soberano implacable, defendiendo su reino ¾ el de la razón, el de las leyes y los hábitos¾ erigiendo murallas que le aíslen del espacio exterior extraconsciente. Al soberano Yo le aterra la idea de ver tambalearse lo bien establecido; teme más que nada saber que su reino, establecido en un espacio y un tiempo conocido y al que posee, es como un barco que navega sobre el mar de la atemporalidad. Pero Zambrano advierte: "si una tal vigilia se cumpliera a la perfección, el sujeto soberano pasaría su vida en estado de sueño."(19) Afortunadamente no es así; el soberano es vulnerable, y en las murallas pueden abrirse brechas que dejen pasar algo de la atemporalidad exterior, algo aún por interpretar, algo con lo que volver a construir la realidad, otra realidad, algo, sobre todo, que modificará a la persona puesto que cualquier acción comprensiva va cumpliendo en ella su destino, que no es otro que, como pensaba Heidegger, "ser comprensivamente".

El método. La razón-poética.

Hemos llegado al final, a un punto de partida. Pues qué otra cosa es un método que un camino, una vía por la que empezar a caminar. Lo curioso, aquí, es que el descubrimiento de este camino no es distinto de la propia acción que ha de llevar al cumplimiento de quien la realiza. Lo propio del hombre es abrir camino, dice Zambrano (20), porque al hacerlo pone en ejercicio su ser; el propio hombre es camino.

La acción ética por excelencia es abrir camino, y esto significa proporcionar un modo de visibilidad, pues lo propiamente humano no es tanto ver como dar a ver, establecer el marco a través del cual la visión ¾ una cierta visión¾ sea posible. Acción ética, pues, al par que conocimiento, pues al trazar el marco se abre un horizonte, y el horizonte, cuando se despeja, procura un espacio para la visibilidad.

Puede decirse que el pensamiento de María Zambrano sea una filosofía "oriental" en el sentido en que utilizaban el término los místicos persas: como un tipo de conocimiento que se origina al oriente de la Inteligencia, allí donde el sol o la luz se levanta. Una filosofía por tanto que trata de la visión interior, una filosofía de la luz de aurora. Y la luz inteligible es, claramente en Zambrano, el albor de la conciencia, que no siempre ha de ser la de la razón, o no sólo, o no del todo, pues la razón habrá de estar asistida por el corazón para que esté presente la persona toda entera. La visión depende, efectivamente de la presencia, y quien ha de estar presente es el sujeto, conciencia, voluntad unidos.

La razón-poética, el método, se inicia como conocimiento auroral: visión poética, atención dispuesta a la recepción, a la visión develadora. La atención, la vigilante atención ya no rechaza lo que viene del espacio exterior, sino que permanece abierta, simplemente dispuesta. En estado naciente, la razón-poética es aurora, develación de las formas antes de la palabra.

Después, la razón actuará revelando; la palabra se aplicará en el trazo de los símbolos y más allá, donde el símbolo pierde su consistencia mundana manteniendo tan sólo su carácter de vínculo. Entonces es cuando la razón-poética se dará plenamente, como acción metafórica, esencialmente creadora de realidades y ante todo de la realidad primera: la de la propia persona que actúa trascendiéndose, perdiéndose a sí misma y ganando el ser en la devolución de sus personajes.

Razón, pues, pero razón sintética que no se inmoviliza en análisis y deducciones arborescentes; razón que adquiere su peso, su medida y su justificación (su justicia: su equilibrio) en su actividad, siguiendo el ritmo del latir, la propia pulsión interior. Este tipo de razón, a la que Zambrano no ha dudado en llamar "método" no aspira a establecer ningún sistema cerrado. Aspira ¾ y es ésta una aspiración que proviene del alma o aliento de vida¾ a abrir un lugar que se ensanche como un claro en medio del bosque, ese bosque en que consiste el espíritu-cuerpo de aquel que se cumple en/con el método.

La razón-poética, esencialmente metafórica, se acerca sin apenas forzar el paso, al lugar donde la visión no está in-formada aún por conceptos o por juicios. Rítmicamente, la acción metafórica traza una red comprensiva que será el ámbito donde la razón construya poéticamente. La realidad habrá de presentarse entonces reticularmente, pues éste es el único orden posible para una razón que pretende la máxima amplitud y la mínima violencia.

Notas

1. Guénon calificaba a Jung poco menos que de "satánico". Habla de "peligrosa subversión" con respecto al concepto junguiano de inconsciente colectivo, y le reprocha haber malinterpretado la Tradición rebajando lo divino al nivel de lo humano. Jung no pretendía otra cosa, desde mi punto de vista, que creo compartir con Zambrano, que elevar al hombre a su propio corazón.
2. Cf. A.Huxley; Filosofía perenne, Barcelona, Edhasa, 1977.
3. H. Corbin; Histoire de la Philosophie Islamique , Paris, Gallimard, 1986.
4. Ref. en H. Corbin, op. cit.
5. Cf. Ch. Maillard, La creación por la metáfora, Anthropos, Barcelona, 1991, 155 y ss.
6. M.Zambrano; El hombre y lo divino, México, Fondo de Cultura Económica,1973, 31.
7. id., 60.
8. M.Zambrano; Persona y democracia, Barcelona, Anthropos, 1988, p. 17.
9. Ibid.,42.
10. Ibid.
11. Ibid., 87.
12. Ibid., 90.
13. Ibid.
14. Ibid.
15. Ibid.
16. Para las cuestiones relacionadas con este tema , así como el de la razón-poética, ver Ch.Maillard, op. cit.
17. M. Zambrano; El sueño creador, Madrid, Turner,1986, 53.
18. Cf. M. Zambrano; El sueño creador, op.cit.,43 y Los sueños y el tiempo , Madrid, Siruela, 1992
19. M. Zambrano, El sueño creador, op. cit. ,44.
20. M. Zambrano, Persona y democracia, op. cit., 31.

El presente ensayo es parte de un trabajo que fue publicado por la editorial Anthropos, integrado en el V volumen de Breve historia feminista de la literatura española. (Myriam Díaz-Diocaretz, Iris M. Zavala, coords. Introducción de Rosa Rossi), en el capítulo denominado "Las mujeres en la filosofía española", elaborado por Ch. Maillard.

Chantal Maillard
Universidad de Málaga
Junio de 1998

MATERIALES: ANTROPOLOGIA, FILOSOFÍA, ÉTICA...

Fuente: www.letras.libres.com

JUNIO DE 2007
Tres conceptos de cultura
por Gabriel Zaid

Zaid estudia las convergencias y divergencias de tres concepciones distintas de la cultura: la clásica, basada en la adquisición de conocimiento; la ilustrada, como acumulación social, y la romántica, como identidad comunitaria.
De la cultura pueden subrayarse algunos aspectos: el patrimonio acumulado, la forma de heredarlo o el nivel adquirido por los herederos, lo cual se presta a confusiones. La educación acultura a los niños, pero no es la cultura, sino una forma de heredarla. No hay inconveniente en llamar cultura a la educación, siempre y cuando esté claro de qué estamos hablando.

Los griegos no tenían el concepto de cultura (Heidegger, Parmenides). El anacronismo de atribuir este concepto a la palabra paideia se entiende por la confusión entre educación y cultura, y por razones prácticas de traducción en ciertos contextos, como lo explica Werner Jaeger (Paideia. Los ideales de la cultura griega). Pero paideia (de pais, paidós, ‘muchacho’, como en la raíz de pedagogía) era educación. (La palabra paideia se usa todavía para el ministerio de educación, como puede verse en www.ypepth.gr.) Significativamente, en el griego moderno se introdujo la palabra koultoura, de origen latino (www.google.gr).

Los romanos inventaron el primer concepto de cultura: la cultura personal. Dieron a las palabras cultura, cultus, incultus (que tenían significados referentes al cultivo del campo y el culto a los dioses) un nuevo significado: cultivarse, adquirir personalmente el nivel de libertad, el espíritu crítico y la capacidad para vivir que es posible heredar de los grandes libros, el gran arte y los grandes ejemplos humanos. Cicerón habló de cultura animi, el cultivo del espíritu (Disputas tusculanas, 45 a. C.). Naturalmente, el cultivo de sí mismo ya existía, pero no estaba conceptualizado. Los romanos fueron “los primeros en tomar la cultura en serio” (Hannah Arendt, La crise de la culture).

La cultura personal puede ser favorecida, estorbada o ignorada por la educación o la buena educación; pero es otra cosa: lo que se hereda por el simple gusto de leer y apreciar las obras de arte, de crecer en la comprensión y transformación de la realidad y de sí mismo, de ser libre. El apetito de ser, de ver, de entender, de hacer, se mueve por su cuenta y aprende sobre la marcha; incluso cuando la familia, los amigos, la escuela, la sociedad, lo favorezcan. Todos nos educamos a todos, pero cada uno tiene que aprender por sí mismo.

Las instituciones de la cultura personal no son las del saber jerárquico, certificado y credencializado del mundo educativo, ni las del éxito comercial o mediático. Son las instituciones de la cultura libre: la lectura, la tertulia, la correspondencia, los circuitos del mundo editorial y artístico (publicaciones, librerías, bibliotecas, museos, galerías, tiendas de discos, salas de conciertos, de teatro, cine, danza) que organizan y difunden lo digno de ser leído, escuchado, visto, admirado, por gusto y nada más, ociosamente. Las “credenciales” de la cultura personal son la curiosidad, la ignorancia inteligente, el espíritu creador, la animación, el buen humor, la crítica, la libertad.

La Edad Media inventó la palabra modernus y el concepto de historia como progreso. En los siglos XII y XIII, el paraíso (perdido en el pasado, entrevisto por místicos y poetas en un presente perpetuo, esperado en el futuro absoluto del fin de los tiempos) se convierte en misión cristiana de progreso gradual (Joaquín de Fiore, Bernardo de Chartres, Roger Bacon). Se vuelve un paraíso deseable aquí y ahora, cotidiano, creciente, construible. Anima el Renacimiento, la Reforma, la Revolución, con un optimismo progresista que despierta la adhesión y la crítica.

Para Joaquín de Fiore, la eternidad divina se despliega en el tiempo como historia sagrada: la era del Padre, luego la del Hijo y finalmente la del Espíritu Santo. Para Leibniz (The Ultimate Origin of Things, 1697, www.earlymoderntexts.com), “hay un progreso perpetuo y libre del universo entero”, “que siempre está avanzando hacia más”, sin alcanzar la perfección de Dios. Para Teilhard de Chardin (El fenómeno humano, 1955), en el avance cosmológico hacia Omega, van apareciendo las especies, la vida humana y la noósfera que recubre el planeta (el mundo 3 de Popper, la atmósfera cultural). Todo lo cual supone la humanidad entera (no un pueblo elegido) que converge hacia más; y, por supuesto, hacia Dios.

La historia como progreso proyecta en el espacio los avances en el tiempo: la geografía como desigualdad. Hace de la misión histórica una misión imperialista: la redención de los pueblos atrasados. Hace del imperio, como en Constantino, un pueblo elegido para salvar a los demás; y de la cultura dominante, la cultura universal. La primera crítica es la religiosa: Los apóstoles “no usaron de la fuerza corporal, ni de multitud de ejércitos” (Bartolomé de las Casas, Del único modo de atraer a todos los pueblos a la verdadera religión, 1537). Luego viene la crítica escéptica: Llamamos bárbaros a los que tienen otras costumbres, pero “los sobrepasamos en toda clase de barbaries” (Montaigne, Sobre los caníbales, 1580). Y, finalmente, la anticlerical. Voltaire se burla de Leibniz (y de los ateos), pero mantiene su optimismo. Cree en el progreso conducido por la Razón, rescatado del oscurantismo eclesiástico y las supersticiones populares. A la Razón se debe “la prodigiosa superioridad de nuestro siglo sobre los antiguos”. Europa ha dejado atrás a griegos y romanos (El siglo de Luis I, 1751).

La Ilustración inventa el segundo concepto de cultura: el nivel superior alcanzado por la humanidad. No es la cultura personal, sino social. Incluye el patrimonio acumulado por los grandes creadores, el saber alcanzado, el buen gusto, la pulida civilidad de las costumbres, las instituciones sociales, empezando por la propiedad. Para Rousseau, el primero que cercó un terreno, declaró “Esto es mío” y logró que respetaran su propiedad fue el fundador de la sociedad civil (Discurso sobre el origen y los fundamentos de la desigualdad entre los hombres, 1754). Para Adam Ferguson (An Essay on the History of Civil Society, 1767), toda la humanidad está en diversas etapas de progreso: salvajismo, barbarie o civilización. En este concepto, la sociedad civil no es el cuerpo social intermedio entre la familia y el Estado (Hegel), sino el estado de civilización frente al estado silvestre de la humanidad primitiva. Lo deseable es que todos alcancen el nivel superior (los niños, los adultos insuficientemente educados y los pueblos atrasados) y que el nivel vaya subiendo.

La crítica aparece en la misma Ilustración, y sobre todo en el Romanticismo. Cuando la Razón inventa la guillotina (para superar la barbarie clerical de la quema de brujas) y somete a los pueblos alemanes (para liberarlos del atraso), el entusiasmo por la cultura universal se nubla. Beethoven, como otros progresistas, admiraba de lejos la Francia revolucionaria, hasta que los invadió.

El Romanticismo inventa el tercer concepto de cultura: la identidad comunitaria que defiende sus creencias, usos y costumbres de la barbarie progresista. Johann Gottfried Herder recoge el tema de que la humanidad, como si fuera una persona, se va desarrollando por grados sucesivos, y revira una crítica radical del progreso. Ninguna etapa es superior a otra. Cada cultura es su propia finalidad, no un paso previo a la supuesta cultura superior. La infancia tiene sentido por sí misma, no como preparación para la vida adulta. Ves como niñerías de un pueblo sus creencias, usos y costumbres, y quieres generosamente dotarlo de “tu deísmo filosófico, de tu virtud y honor de buen gusto, de tu amor por todos los pueblos en general, que rebosa opresión tolerante, explotación y filosofía de las luces”. El niño eres tú. (Otra filosofía de la historia, 1774, en Histoire et cultures)

De Herder deriva la antropología como estudio de las culturas particulares. Claude Lévi-Strauss, en su entrevista libro con Didier Éribon (De près et de loin) cuenta que Franz Boas “tenía en su comedor un cofre soberbio, esculpido y pintado por los indios kwakiutl, a los cuales dedica gran parte de su obra. Cuando le dije que vivir entre creadores de tales obras maestras debió de ser una experiencia única, me respondió secamente: ‘Son indios como los otros.’ Supongo que su relativismo cultural no le permitía establecer una jerarquía de valores entre los pueblos”.

La crítica de la cultura occidental culmina en el siglo XX. En 1919, ante el desastre de la guerra (1914-1918), quizá inspirado por el libro de Oswald Spengler (La decadencia de Occidente, 1918), Paul Valéry escribe una reflexión cuya primera frase se volvió famosa: “Nosotras, las civilizaciones, sabemos ahora que somos mortales.” “Elam, Nínive, Babilonia, eran bellos nombres vagos, y la ruina total de esos mundos nos decía poco, igual que su existencia.” “Ahora vemos que el abismo de la historia es suficientemente grande para todos. Sentimos que una civilización tiene la misma fragilidad que una vida.” (“La crise de l’Esprit”, Varieté i.) La frase contribuyó a la difusión del concepto de culturas en plural, aunque se refiere a las grandes civilizaciones, no a todas las culturas.

Se puede hablar, entonces, de un concepto clásico, un concepto ilustrado y un concepto romántico de la cultura. El primero subraya la forma de heredar (la frecuentación personal de los grandes libros, las grandes obras de arte, los grandes ejemplos); el segundo, el nivel alcanzado (la superioridad de los que están en la cumbre); el tercero, el patrimonio (todo lo que puede considerarse propio). Pero en los tres se dan los tres aspectos. Por ejemplo, con respecto al nivel: el concepto clásico ve la cultura como nivel personal (en comparación con otras personas); el ilustrado, como nivel social (en comparación con otras sociedades o estamentos); el romántico, como identidad (incomparable). El primero y el segundo son elitistas, frente al tercero, que enaltece la cultura popular y los valores comunitarios. El segundo y el tercero son paternalistas, a diferencia del primero, que enaltece el esfuerzo personal. En el concepto clásico, la cultura que importa es la mía: la que me lleva al diálogo con los grandes creadores. En el concepto ilustrado, hay una sola cultura universal que va progresando, ante la cual los pueblos son graduables como adelantados o atrasados. En el romántico, todos los pueblos son cultos (tienen su propia cultura); todas las culturas son particulares y ninguna es superior o inferior. ~

NOTA: No puedo ? hacer el enlace a la interesantísima revista.

03 junio 2007

FILOSOFIA 2º BACHILLERATO, CONTEXTO DE MARX

Karl Marx sostiene que los filósofos se han limitado a interpretar la realidad; ya es hora de transformarla... (Tesis 11, contra Feuerbach).

Si los filósofos se han limitado a contemplar la realidad (interpretar, pensar, meditar, hacer conceptos...), Marx nos da a entender -él también- que podrían haber hecho algo más.

¿Qué? Transformar la realidad.

Sí. Pero, ¿por qué?

Marx se hace eco de alguna urgencia histórica. Ésta puede y debe ser la realidad -que él conoció de primera mano- del trabajo fabril, la crueldad que trae la revolución industrial, deshaciendo realidades injustas pero manejables ideológicamente: la injusticia del Antiguo Régimen feudal-absolutista, estamental, es la de esta vida en la tierra como valle de lágrimas, según las diversas iglesias cristianas dicen: en otra vida estará la felicidad, la bondad y la belleza que no aparecen por esta en ningún lado.

La transformación de las estructuras económicas, desde la agricultura hasta la industria; de la sociedad nobiliaria al dominio burgués, del tercer estado al proletariado; de la ideología consoladora del cristianismo a la brutalidad de los beneficios empresariales... todos estos cambios debían estar demasiado visibles en la conciencia de las mentes pensantes a finales del siglo XVIII y principios del siglo XIX.

Entonces, si la religión ya no podía dar motivos para actuar, ni tampoco la búsqueda de libertad, ni la ciencia, porque la realidad manifiesta era enteramente miserable, en las muchedumbres hacinadas en las ciudades, vegetando para trabajar y seguir vegetando (sin salvarse niños ni mujeres), la mente del filósofo Marx debía encontrar ahí -en el hecho de la explotación social- la nueva necesidad de la filosofía, el motivo moral del pensamiento. Él, muy del siglo XIX, no quería hacer moral sino ciencia: materialismo histórico. Pero nunca se puede separar la mente que investiga la realidad cósmica de la que se compadece de la miseria ajena, y propia.

Esto es, si las ideas científicas, filosóficas, morales, jurídicas, políticas (todo eso que Marx incluye en la superestructura de un modo de producción, y que los antropólogos incluyen en su definición de cultura) responden a condiciones que no son ideales o abstractas, sino materiales y muy concretas, como la realidad de un modo de producción económico capitalista-burgués, explotador y alienante, no se ve por qué no se podría ser plenamente cínico y decir que las cosas son así, las tomas o las dejas... Al fin y al cabo, así se podía referir el empresario burgués a la libertad del proletario: éste era libre de contratar su fuerza de trabajo con el empresario, a cambio de (no) morirse de hambre. Esto era un chantaje, los dos lo sabían (el capitalista y el proletario), y la libertad -por consiguiente- era una burla cruel, un sarcasmo: la libertad del proletario consistía en decir que sí a un contrato laboral (por decirlo de alguna manera) que lo colocaba como esclavo mal pagado, para morirse él y su familia de hambre, a plazos. Toda esta realidad era y es inmoral. Pero las personas pueden ser plenamente inmorales (psicópatas o sociópatas) y no importarles el sufrimiento de los demás. Es decir, solucionar esto no depende de ninguna ciencia, sino de que la inteligencia no nos sirve sólo par mirar las estrellas (los átomos y la evolución de las especies), sino también para meditar acerca de lo que está bien o mal, aquello que queremos en nuestra relación con los demás, suponiendo que tenemos los mismos derechos y deberes y que no estamos dispuestos a hacer a los demás el daño que nosotros no queremos que ellos, por su parte, nos hagan.

Es un nuevo concepto del ser humano el que define Karl Marx.

I. Kant sostenía que las preguntas que se hacen los filósofos y la filosofía son tres:

¿Qué puedo conocer?
¿Qué debo hacer?
¿Qué puedo esperar?

La primera pregunta habrá de ser respondida por el conocimiento científico; la segunda, por la moral; la tercera, por la historia y la religión. Estas tres preguntas se resumen en una: ¿Qué es el hombre? Es decir, la filosofía consiste en una antropología (ciencia del hombre).

Para todas estas preguntas, que se hace Kant para ver en qué consiste la filosofía, la respuesta irá en la dirección de sostener que la razón del ser humano es un elemento fundamental; es decir, las capacidades teóricas del ser humano. Esto corresponde a la definición tradicional de las personas como animales racionales; o también, según la clasificación biológica, como "homo sapiens". Es decir, se señala en primer lugar que el ser humano es un animal, pero que presenta la particularidad de que tiene una inteligencia, mente, razón, etc. que le pone por encima, muy por encima, de los otros seres de la creación, o del universo.

Marx no es que quiera decir que el hombre no consiste en la razón. Ni mucho menos! Lo que quiere decir es que esta definición del hombre, señalando que se trata de una persona racional, es insuficiente filosóficamente. (Lo insuficiente filosóficamente representa una falsedad.) O sea: que si el hombre es nada más que eso (razón, inteligencia, mente, cabeza... ), la filosofía no ha sido nada más que teorías, y se ha olvidado de un aspecto fundamental: el que consiste en el hecho de que el ser humano es un animal que trabaja, un ser activo, que es capaz de transformar la naturaleza, la sociedad y la historia.

Entonces, ¿qué es un hombre para Marx? No se trata de que nosotros demos una respuesta sencilla, que Marx no da. Pero podemos apuntar que el hombre es un ser práctico, y que por eso la filosofía no tiene que limitarse a efectuar interpretaciones o reflexiones puramente mentales acerca de en qué consiste la realidad (que por ello son improductivas). No. El hombre es un ser activo, y la filosofía tiene que consistir también en una acción para transformar la realidad.

Ahora bien, estamos hablando de realidad de los seres humanos... ¿De qué se trata? Para el ser humano, su realidad es la sociedad, y las acciones de trabajo que transforman la naturaleza para el servicio de la sociedad; estas acciones ponen en relación a los seres humanos unos con otros, y a cada persona consigo misma.

Siempre, naturalmente: que la economía (el conjunto de las acciones de trabajo que realizamos las personas en la medida en que nuestra vida ocurre en una sociedad) no tenga efectos perturbadores...

Pues bien, si empezamos señalando que el ser humano es práxico, activo, trabajador, habremos de considerar (en la medida en que queramos ser filósofos contraemos unas determinadas obligaciones) que debemos ver cómo suceden las cosas realmente en la historia:, si suceden de manera justa o injusta.


Para la contextualización filosófica, cultural, histórica de Marx, se debe considerar el problema de la población.

Malthus establecía una relación entre el crecimiento aritmético de los recursos (menor) y el crecimiento geométrico (mucho mayor) de las poblaciones; esto implica un desfase peligroso (competencia por los recursos) y en el caso de los seres humanos, la necesidad de proceder a un control de la población... y de los salarios.

En el caso de las especies vivientes en general, esta relación entre recursos y número de individuos es una de las premisas de la teoría de la evolución de las especies que plantearon Ch. Darwin y A. R. Wallace, en el mismo período histórico de la vida de Marx (siglo XIX). Se establece, por esa razón de los escasos recursos disponibles, una lucha por la supervivencia que es el factor responsable del cambio de las especies a lo largo de la historia del planeta, y del relativo equilibrio de las poblaciones.

Dentro de esta forma de pensamiento se sitúa, en cierta medida, C. Marx: debido al desfase entre el escaso número de capitalistas, burgueses dueños de empresas, y el gran número de trabajadores disponibles (proletarios), que entran en competencia por el escaso trabajo existente, el nivel de los salarios está en el límite de la miseria; lo que por una parte implica el aumento de la PLUSVALÍA para el capitalista (su beneficio económico), y, de otro, el aumento de la pobreza del proletariado. Esto se denomina LUCHA DE CLASES (el equivalente humano de la lucha por las especies) y acabará destruyendo el capitalismo y favoreciendo la llegada del socialismo.

FILOSOFIA 2º BACHILLERATO, CONTEXTO DE KANT

Kant es el principal filósofo de la Ilustración. Esta época, el siglo XVIII, se comprende como la edad de la razón, del progreso social en todos los órdenes, científico, tecnológico (comienzo de la revolución industrial), y por supuesto, político, con la revolución francesa, las declaraciones de los derechos del hombre y la independencia de los EE UU, el ascenso de la burguesía y la caída de la sociedad estamental.

Si quisiéramos resumir este tiempo de la Ilustración con una sentencia, nos podría valer lo que dice el mismo Kant, "atrévete a saber". Esto significa que los seres humanos deben hacerse protagonistas de sus asuntos personales y de sus asuntos públicos o políticos (aunque sabemos que el siglo XVIII es la era del Despotismo ilustrado). Deben atreverse a utilizar su inteligencia, tanto en el conocimiento científico como en la moral y la política. En suma: deben querer ser libres, ejercitar su autonomía valiéndose de su razón, hasta con las cosas de la religión. Así los seres humanos pueden hacerse mayores de edad, sobrepasar su infancia mental e histórica, alcanzar un estadio personal y colectivo de autonomía e independencia moral, que es de lo que trata el texto.

Una idea fundamental que debes tener en cuenta a la hora de estudiar la ética de Kant es la diferencia que él plantea entre su ética y todas las anteriores.

La ética se ha encargado, a lo largo de la historia de la filosofía, según Kant, de proporcionar la materia o el contenido al que tienen que adecuarse los seres humanos cuando se relacionan unos con otros, debiendo obedecer reglas de conducta.

Pues bien, las éticas materiales tienen un grave problema, según Kant. Un ejemplo: en el mundo de la cultura griega antigua, los filósofos entendían que la finalidad o materia de la vida era la felicidad. Que, por lo tanto, todas las reglas morales debían servir como medio para obtener la felicidad.

Pero, claro, la felicidad no es lo mismo para unas personas que para otras. Si uno confía en la política (Platón, Aristóteles), su felicidad estará en dedicarse a ella; pero si uno no confía en la política (Epicuro, los estoicos), su felicidad estará más bien en hacer justo todo lo contrario, en apartarse de la política y dedicarse a sus asuntos particulares.

Entonces, siendo la finalidad que tienen los seres humanos la misma, es decir, buscar la felicidad, los caminos, reglas o mandatos morales para conseguirla son muy diferentes.

¿Cómo puede ser esto? Pues porque, evidentemente, no todo el mundo entiende lo mismo por felicidad. Entonces, si tú entiendes que la felicidad consiste en dedicarte a la política, tus reglas morales están condicionadas, son imperativos hipotéticos. Mientras que si no te gusta la política, tendrás otros imperativos hipotéticos diferentes.

Además, lo que cada uno entiende por felicidad resulta diferente porque tiene experiencias distintas, cada uno entiende la felicidad según su experiencia. Entonces, las reglas morales serán también imperativos empíricos, por decirlo así.

Ahora bien, la ética tiene mandatos (mandamientos, imperativos, reglas, deberes, principios, etc., etc.) que son imperativos categóricos, es decir, deberes que no admiten excepciones, y que no dependen de la experiencia. Porque entonces, en este caso, cada uno tendría deberes según su experiencia, y lo que sería regla para uno no sería regla para otro; por lo tanto, las reglas morales admitirían excepciones, no serían categóricas, y ya hemos dicho que esto no puede ser.


Piensa que Kant (también Rousseau y Hume, que son filósofos fundamentales de la Ilustración, y que ejercieron gran influencia en Kant) pretende establecer, en el ámbito de las cosas que hacen los seres humanos, las mismas reglas o leyes que los físicos iban descubriendo en la edad moderna, y que eran válidas para los cuerpos materiales... de tal manera que pudo pensarse que el mundo (la naturaleza) era como una gran máquina, un mecanismo, un reloj...

Pues bien, si te fijas en la ley de gravitación universal de Newton verás que ésta no admite excepciones, que liga a dos cuerpos cualesquiera que existan en la naturaleza, no importa qué tipos de cuerpos sean. Eso mismo pretende Kant para la moral, hallar reglas que sirvan para ser normas de conducta moral de todos los seres humanos, que éstos tengan un procedimiento o test para saber qué está bien o mal (de la conciencia de lo que está bien se ocupa la moral).


Kant se pregunta qué es el hombre. Es decir, que la filosofía consiste en Antropología, en una ciencia del hombre.

Hay tres tipos de respuesta:

-el hombre es capaz de conocimiento, de hacer ciencia (razón teórica),

-el hombre es capaz de actuar y relacionarse con otros seres humanos (moral, razón práctica),

-el hombre es capaz de esperar, de tener esperanza (religión, historia).


El hombre, un ser dotado de naturaleza racional, posee dignidad.

¿Cómo es que el hombre posee esa cosa que llamamos dignidad; lo que quiere decir que vale por sí mismo el hombre, que no tiene precio y no se puede intercambiar por ninguna otra cosa?

Hemos de acordarnos de las definiciones tradicionales del ser humano:

1. Desde Aristóteles -y aun antes- se sostiene que el ser humano es un animal racional. Esto se dice en la filosofía antigua. En el siglo XVIII, la época de Kant, la época de la Ilustración, Linneo, el gran naturalista sueco, al fijar la clasificación de las especies (lo que se llama Taxonomía), define al hombre como homo sapiens. Ya no se limita a decirse que el ser humano es un animal, sino que se dice qué tipo de animal es. Esto es, que pertenece al génro homo. Esto por una parte.

2. Debemos recordar también que para la religión judía y cristiana el ser humano está hecho por Dios a su imagen y semejanza, la persona es imago Dei. Esto por otra parte.

Es decir, que tanto para la filosofía como para la religión el hombre está un punto por encima de los otros seres o cosas. Pues bien, eso debe de querer decir Kant cuando señala que el hombre tiene dignidad, o que su existencia constituye un fin que vale por sí misma.

23 mayo 2007

FILOSOFIA 2º BACHILLERATO, TEXTO DE MARIA ZAMBRANO

"PENSAMIENTO Y POESÍA"

El título del texto ya es significativo de lo que quiere decir Mª Zambrano:

El "pensamiento" se refiere a:

-filosofía
-ciencia
-matemáticas
-cálculo
-ciencia
-conceptos
-razón
-etc.

(Mi enumeración no pretende ser completa, sino sólo una muestra de lo que debemos entender cuando Mª Z. utiliza la palabra "pensamiento".)

La "poesía" es:

-emoción, sentimiento, afecto, etc.
-literatura, arte
-metáforas
-una actitud religiosa frente al mundo
-valoración de la experiencia
-empleo de metáforas en vez de puros conceptos de la razón
-un lenguaje que viene de la vida y que sirve a la vida
-etc.


(La enumeración tampoco pretende ser completa, evidentemente. Se trata de que se observen las diferencias entre "PENSAMIENTO" Y "POESÍA".)


Casi en el mismo principio del texto Mª Z. desea establecer una relación de complementariedad entre la filosofía y la poesía, entre la vida y la razón (como decía su maestro Ortega).

Se busca un complementario cuando se carece de algo: en efecto, ni la sola filosofía ni la sola poesía se bastan por sí solas. Los seres humanos deben emplear estas dos formas de entender y hablar acerca del mundo: de los seres, de las cosas, de sus afectos, sus alegrías y sus dolores...

¿Qué fue primero, la poesía y la filosofía?

Se supone que primero los seres humanos hicieron poesía (mitos religiosos, epopeyas, etc.) y después vino en la historia de la humanidad el pensamiento racional, el logos (esto sucedió entre los griegos).

Pues bien, Mª Z. señala que es ya en Platón donde se ve cómo la filosofía renuncia al "pensamiento poético" de los mitos y las leyendas (fundamentalmente Homero, aunque no sólo). Platón renuncia a los mitos poéticos porque piensa que los mitos enseñan cosas inmorales acerca de los dioses, y Platón pretende un conocimiento de las cosas buenas (del Bien, la Justicia y la Belleza) que le sirva para decir cómo se tienen que educar los filósofos gobernantes.

Platón muestra estos temas en su "mito de la caverna", al narrar la extraña historia de los prisioneros que están condenados observando las sombras... Platón se refiere con esto a la condición de ignorantes e injustos de todos los seres humanos, y que, como están acostumbrados a eso, es muy difícil sacarlos de ese estado: hasta el punto de que habría que ilustrarlos a la fuerza, arrastrándolos hacia la salida, hacia el sol-Bien.

Mª Z. efectúa una interpretación del "mito de la caverna" en dirección contraria a la de Platón, si se puede decir esto.

¿Qué ha pasado con Platón? Mª Z. sostiene que la filosofía ha renunciado a la admiración, al asombro maravillado ante la naturaleza y los seres, que es el sentimiento que está en la base de la inteligencia humana, se ocupe ésta de las matemáticas o del arte, de la ciencia natural o de la literatura, etc. La filosofía de Platón ha sustituido las metáforas del lenguaje poético por los conceptos precisos de la "dialéctica" (el saber del final del "símil de la línea").

Es por esa razón que Mª Z. dice que la filosofía es una "violencia" hacia las cosas reales, experimentadas, vividas: no hay un respeto ni adoración ni amor ni veneración de las cosas, sino que se "instrumentalizan" las cosas, se usan, se hacen cálculos con ellas.

Debemos pensar que igual que se instrumentalizan las cosas naturales, se instrumentalizan los seres humaos... con lo cual se quebrantaría la dignidad de las personas, que deben ser vistas como fines de los seres humanos en sus actuaciones, y no como medio para otra cosa, como sostiene Kant (segunda formulación del imperativo categórico).

17 mayo 2007

FILOSOFIA 2º BACHILLERATO, EXAMEN DE MARX

Reiteramos lo que se entiende por plantear una "relación" entre el texto de un filósofo y otro filósofo diferente:

1º Se precisa un conocimiento adecuado de, por lo menos, los textos y temas de dos autores,

2º uno debe ser capaz de identificar un tema que sirva para relacionar un autor con otro,

3º en el caso de Marx podemos entender que está criticando/denunciando la situación de explotación económica/alienación/ ideología en la sociedad burguesa, capitalista, industrial, de su época. Está denunciando su falta de libertad, la falta de libertad real de los trabajadores.

Pues bien: en el caso de Platón se observa que su tema es similar (no igual, sino parecido): ahora no se está denunciando/criticando la situación de injusticia económica, sino la vida de unos seres humanos que viven en la ignorancia (los prisioneros de la caverna que están como idiotizados por las sombras de la realidad) y por eso son injustos, por lo que hay que educarles y dirigirles bien, por parte del filósofo-gobernante...

4º Téngase en cuenta que tanto Platón como Marx otorgan una importancia fundamental a las "ideas": pero para Platón las ideas son la mayor verdad, la entera realidad, lo máximo conocido y lo que debe conocer el gobernante, etc... pero para Marx ese conjunto de ideas que forman parte de de todas las filosofías anteriores no son más que unas ideologías que ocultan cómo son las cosas, en vez de mostrar cómo son verdaderamente...

09 mayo 2007

FILOSOFIA 2º BACHILLERATO, TEXTO DE MARX, RECAPITULACION

Recuerda lo que son los conceptos importantes.

Pero, antes de todo, se trata de que sepas leer: esto no significa más que saber entender lo leído, saber explicarlo y saber escribirlo.

Nada más. Y nada menos.

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En el fragmento que se ha leído de Marx (el "Prefacio" a la Contribución a la Crítica de la economía política) se encuentra:

a) una autobiografía filosófica de Marx, explicando cómo llega desde la filosofía que aprende en la universidad, hasta intereses más prácticos y sociales: historia, economía, legislación, etc., a través de su trabajo periodístico y sus problemas con la censura.

b) una exposición sintética de los conceptos fundamentales del MATERIALISMO HISTÓRICO, que es como se ha denominado al sistema de filosofía (o de sociología, o de crítica de la economía, o socialismo científico... Todas estas denominaciones valen) de Marx.

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Tienes que delimitar claramente estos apartados, y no confundir lo que es la biografía intelectual de Marx con sus ideas filosóficas.

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¿Cuáles son sus ideas filosóficas?

Marx parte de una idea fundamental: es la sociedad (el ser social de los hombres, que consiste en vivir unos con otros, en la familia, en el trabajo, en la ciudad... ) lo que determina (es decir, el factor fundamental, la explicación de los hechos) los pensamientos que ocupan la conciencia o la mente del ser humano.

Estos contenidos son muy diversos: religión, política, derecho, filosofía, arte, etc.

Como se trata fundamentalmente de IDEAS parece lógico que Marx denomine IDEOLOGÍA a cada uno de estos conjuntos de ideas (religión, política, derecho, filosofía, arte, etc.)

Pero hay que tener claro que no se trata de ideas puras, que sean de un mundo aparte y más verdadero como el de las Ideas de Platón. Al contrario, estas ideas son muy terrenales, corresponden a intereses sociales concretos, los enmascaran o los disimulan...

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(RELACIÓN de MARX)

Al respecto de Platón tenemos que señalar por lo menos algo evidente: es muy fácil relacionar el pensamiento platónico con el de Marx:

-Platón: los prisioneros ignorantes están encadenados en el fondo de la caverna, deben ser sacados de allí, que vean la luz, que conozcan la verdad y que sean capaces de tratarse y de gobernarse justamente...

-Marx: los seres humanos, a lo largo de la historia y en el período de triunfo del capitalismo industrial, que es el que vive Marx, se encuentran alienados, perdidos, extrañados, enajenados... Es decir, no realizados en todas sus posibilidades humanas por culpa de una sociedad y una economía que son conflictivas, separan a las personas unas de otras, en clases sociales (en el capitalismo se trata de los burgueses que tienen los medios de producción, y los proletarios que sólo poseen sus manos para trabajar), imponiéndoles ideologías para que se consuelen (como la religión ), códigos de derecho falsos (porque sostienen esos códigos de derecho que los seres humanos firman libremente los contratos, y realmente no es la misma la libertad del capitalista y la del trabajador), etc.

En el caso de Marx no es la filosofía teórica la que ha de sacar a los hombres de su ignorancia y falta de libertad -como sucede en Platón con su filósofo gobernante-, enseñándoles el BIEN (y la justicia y la belleza), sino que la filosofía de Marx entiende que ha llegado la hora de transformar la realidad, que se trata de hacer una filosofía práctica.

Esto consiste, antes que nada, en la explicación de cómo funciona la historia de las sociedades y las economías (lo que Marx llama "MODO DE PRODUCCIÓN"), en ver cómo se va reproduciendo el mismo esquema a lo largo de la pre-historia de la humanidad: hay quien posee y quien no. ¡Aunque los actores del drama histórico van siendo sustituidos y cambiando de nombre!

Un esquema que consiste en que finalmente una sociedad se hace tan conflictiva que tiene que dar paso a la siguiente, cuando ya no puede soportar todas las contradicciones (dialéctica, lucha de clases, desfase entre las FUERZAS PRODUCTIVAS y las RELACIONES DE PRODUCCIÓN) que lleva dentro.

Esto pasará también (predice Marx) con la última sociedad que ha conocido la humanidad, la sociedad capitalista de burgueses capitalistas, propietarios de los medios de producción, por una parte, y trabajadores proletarios poseedores sólo de las fuerzas de trabajo de sus manos, por otra parte.

Cuando el capitalismo caiga por sus propias contradicciones, porque lleva a una masa cada vez mayor de los trabajadores al empobrecimiento, y a un número cada vez más escaso de propietarios a un enriquecimiento más grande y al monopolio de la economía, cuando eso suceda, habrá llegado el momento de la verdadera historia: la economía será devuelta a la sociedad, a la comunidad. Sin propiedad privada ni división del trabajo, sin ideologías falsas... Es ciertamente una utopía.

(CONTINUARÁ)

03 mayo 2007

FILOSOFIA 1º BACHILLERATO, TEXTO DE RICHARD DAWKINS

La cuestión religiosa está de moda, y no de forma caprichosa: en un mundo cada vez más interconectado (globalizado) se dan formas de búsqueda de identidad que tienden a particularizar las vidas. La religión constituye uno de los mecanismos.

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Al respecto, podemos leer un capítulo del reciente libro del conocido biólogo y divulgador científico Richard Dawkins, El espejismo de Dios (edit. Espasa).

Observaremos, inequívocamente, la posición de ateísmo moral que sostiene Dawkins. ¿Nos convencen sus argumentos? ¿Sí? ¿No? ¿Por qué? [Un argumento que no convence es que ha entrado otro que se le enfrenta: ¿no crees?]

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Aquí tienes una biografía de R. Dawkins:

es.wikipedia.org/wiki/Richard_Dawkins

Una entrevista en El cultural, suplemento del diario El mundo

¿Qué es filosofía? -Nos preguntamos.

Puede ser útil preguntarle a alguien.

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Javier Gomá [Se trata de una entrevista, con ocasión de la publicación de su libro Aquiles en el gineceo]

“La dignidad del hombre reside en su mortalidad”


Un cielo alicatado de plomo coquetea con las protagonistas de la última exposición de la Fundación March, las heroínas de Roy Lichtenstein, mientras obras de Clavé, Mompó, Torner o Zóbel nos contemplan zumbonas en la antesala y en el despacho de Javier Gomá (Bilbao, 1965). El actual director de la Fundación, que lanza la próxima semana Aquiles en el gineceo (Pre-Textos), conversa hoy con El Cultural sobre el libro, parte de una tetralogía sobre la experiencia de la vida, en el que aborda el tema de la muerte.

La biografía de Javier Gomá, su precocidad y talentos, mueve al asombro: filólogo, filósofo y abogado, acabó la carrera de Derecho en tres años, y aprobó las oposiciones a Letrado del Consejo de Estado con el número uno de su promoción; no sólo dirige la Fundación March desde 2003, sino que ese mismo año publicó su primer libro, Imitación y experiencia (Pre-textos), premio Nacional de Ensayo, y parte de una tetralogía cuya segunda parte, Aquiles en el gineceo, ve la semana próxima la luz.

Confiesa, eso sí, que no tiene que robar horas ni a su familia ni al trabajo para sus libros, porque, en el fondo, “mi vocación es absolutista y totalizadora. Esto tiene sus riesgos, porque tiende a instrumentalizarlo todo, tu vida, tu familia, tus ocios, pero es que no pienso en otra cosa 24 horas al día... Yo me concentro de pie, yo escribo en el metro, soy capaz de leer con mis hijos alrededor, con la tele puesta, tengo un blog de notas donde voy anotando cosas...

–¿Cuál es el plan general de la obra, y el plan filosófico que subyace?
–El concepto que propongo, “experiencia de la vida”, se refiere a dos ideas. Por un lado, trata de definir los límites de toda experiencia humana posible, el marco de todas las posibilidades humanas; algo que se diferencia de la “felicidad” y también del “sentido de la vida”, y más bien tiene que ver con lo que, en general, podemos esperar de la vida. Por otro lado, la experiencia de la vida es un concepto que sugiere la acumulación de ejemplos: tiene experiencia de la vida quien ha tenido diversas experiencias significativas en su vida pasada y que ha convertido de alguna forma en ejemplares, ha reunido un depósito de ejemplos y éstos le sirven para afrontar con serenidad y sabiduría lo imprevisible de lo nuevo, del futuro. Mi objetivo es combinar ambas perspectivas en cuatro ensayos. En mi primer libro, Imitación y experiencia, se pusieron los fundamentos más generales sobre el ejemplo y el deseo. En Aquiles en el gineceo se considera el tema desde una perspectiva subjetiva y existencial. Ahora escribo Ejemplaridad pública, la aplicación de los mismos principios a la esfera política en la actual época nihilista, y completará la tetralogía Necesario pero imposible, una reflexión sobre la esperanza más allá de la experiencia, es decir, la posibilidad de un ejemplo perfecto al que sólo se accedería, en su caso, por la fe religiosa.

–¿En qué sentido Aquiles en el gineceo tiene “raíz autobiográfica”?
–En un sentido muy particular. Todas mis reflexiones tienen, en el fondo, una raíz existencial, personal. Viví con exagerada intensidad el estadio estético de la adolescencia, absorbido y paralizado en ese extraño absolutismo. Y, en determinado momento, en torno a los 24 años, tomé una decisión totalmente meditada y consciente, de pasar al estadio ético, el amor comprometido y la productividad profesional, sabiendo lo que eso significaba y con todas sus consecuencias. Era casi una opción cultural a favor del clasicismo (yo entonces estudiaba filología clásica), antirromántica, pero dotada de su propio ethos. Sin embargo, pese a ese pliegue autobiográfico, nunca me ha interesado de mí mismo lo singular de mi vida, sino aquello que es común a todos los hombres: por ejemplo, el paso del estadio estético adolescente a la dura eticidad de la vida, donde aprendemos a ser mortales. El actual subjetivismo, tan omnipresente, puede llegar a producir hastío y me parece con mucha frecuencia estéril.

Aprendiendo a ser mortal
–¿Cómo se “aprende a ser mortal”?
–Hay que reparar en algo que por ser cotidiano deja de sorprendernos. La increíble fuerza épica del mero vivir y morir. En la normalidad de todo hombre que vive y envejece hay una tragedia implícita suprema, que todos compartimos, aunque no siempre seamos capaces de sentir. Todo ser humano actualiza en su vida, con mayor o menor fortuna, la decisión de Aquiles a favor de la vida breve. Durante nuestra infancia somos como dioses griegos y presuponemos la eternidad del cosmos sin cuestionarla. Tras el éxtasis adolescente, muchas veces una orgía subjetivista, el resto de nuestra vida es una interminable novela de educación en la que aprendemos la formidable tarea de ser mortales. Aunque resulte extraño, la finitud debe elegirse y ser objeto de apropiación personal, no es algo que ya esté dado o pueda uno disponer de ello sin esfuerzo. ¿Por qué ser mortal, me pregunta? Porque la mortalidad es el privilegio excelso de la individualidad. Las piedras y los animales son inmortales, porque cuando mueren su ser, que está en el género, permanece igual; sólo cuando muere el individuo el mundo se empobrece irreparablemente. El individuo es la flor del cosmos, y su dignidad reside en su mortalidad.

–Ese proceso de crecimiento y elevación del yo desde “el ensimismamiento adolescente y estéril” hacia la objetividad del mundo ético-político, ¿se da impunemente?
–Esa elevación es cruenta. Lo maravilloso del arte es que refleja el enigma de la vida de forma incruenta, como debió de ser en el paraíso terrenal. Del paraíso, dijo Camus, el hombre sólo pudo llevarse a la mujer. Yo añado: el arte también. Por eso Stendhal lo definió como una promesa de felicidad. Kant distingue entre las cosas que tienen dignidad y las que tienen precio. Dice que el hombre tiene dignidad y no tiene precio, porque nunca podrá ser sustituido por algo equivalente. No es cierto, el hombre es más paradójico. Lo extraño del hombre es que, teniendo dignidad, la experiencia cotidiana nos dice que es sustituible por algo equivalente, por otros como él: en la polis se experimenta a todas horas que sólo somos “un caso”. Uno se jubila y se le sustituye en su puesto; uno muere y la vida sigue con los demás. Nacemos con la dignidad de un dios y, sin perder nunca esa dignidad, debemos aprender a tener un precio: ese misterio de tener dignidad y precio es nuestro enigmático sino. Y esto es cruento, duro, aunque también fecundo y gozoso. Hay un apetito e incluso una voluptuosidad en ser finito.

La eterna adolescencia
–De todas formas, ¿no cree que precisamente ahora vivimos una suerte de adolescencia casi eterna, y que la inmensa mayoría prefiere no crecer éticamente? ¿No es quizá ahora más que nunca mayor el ocultamiento generalizado de la muerte?
–La muerte, en nuestra civilización, unas veces se oculta y otras se exalta obscenamente y se repite en medios de masas convertida en espectáculo. Pero lo que siempre, siempre, se escamotea es, no la muerte, sino la mortalidad. No es lo mismo: lo primero es un hecho físico, lo segundo uno moral y metafísico, y por eso mismo más serio y grave. Y sí, nuestra época se caracteriza por un subjetivismo estético-adolescente extremo que rehuye las instituciones típicas de la eticidad, que son el sustento de la polis. Debo decirle también que a mí mi época, con todo su nihilismo y extremada vulgaridad, me gusta mucho. Estoy muy cómodo en ella porque es muy libre, muy liberada y en cierto sentido mucho más genuina, más realista, mil veces más sincera. Dicho esto, es verdad que hoy se ha ensanchado enormemente el “gineceo moderno” y que el subjetivismo en el que vivimos plantea peligros. Nació en época romántica como una afirmación del yo contra lo que se le oponía y ahora ha arrasado con todo. Una sociedad de personas detenidas en el estadio estético, que permanecen ambiguos en el gineceo, egocéntricas, incomprometidas, postideológicas, carentes de una cosmovisión compartida, es una sociedad sin ciudadanos. Veo claro cuál es la tarea que tenemos por delante: construir una nueva objetividad ética y ejemplar, pero no a la objetividad antigua, ingenua, ya dada, natural del clasicismo antiguo, sino a una objetividad aprendida, finita, construida y social, en un proceso de elevación desde ese yo pese a todo irrenunciable a una objetividad ejemplar ética, estética y política.

El héroe ético
–¿Podría explicar por qué, a su juicio, y a diferencia de los planteamientos de Kierkegaard, Heidegger, u Ortega y Gasset, defiende precisamente que “sólo en el ámbito de la polis el hombre experimenta su mortalidad”...

–Kierkegaard habló de los tres estadios en el camino de la vida, el estético, el ético y el religioso, y propuso figuras inolvidables para dos de ellos: el seductor Don Juan para el estadio estético y el patriarca Abraham para el religioso. Pero se olvidó del héroe ético. La figura de Aquiles es perfecta, que además tiene la ventaja de explicar, en el mito, el paso de la adolescencia estética a la madurez ética y resume ambos estadios. Lo religioso no pertenece para mí a la experiencia sino a la esperanza más allá de la experiencia. Por tanto, Aquiles, la figura estético-ética, compendia la totalidad de la experiencia humana. Y lo singular de Aquiles es que, siendo inmortal, prefirió ser mortal para ser útil a la polis y a los griegos que iban en sus naves a Troya y que habían sabido por un oráculo que sin el gran héroe, la hermosa “rubia” escondida en un gineceo, no ganarían nunca la batalla decisiva, una batalla en la que toda la civilización estaba en vilo. En otras palabras, la gran decisión de Aquiles consistió en ser mortal en el ámbito finito de la polis. Kierkegaard, Heidegger y Ortega emplazaron la finitud del hombre en el ensimismamiento, en la soledad, y en eso fueron hijos del romanticismo. El mito de Aquiles nos enseña que toda mortalidad es esencialmente política, que sólo en la esfera de la polis, de la sociedad de otros como nosotros, experimentamos que somos prescindibles, somos sustituibles y somos mortales ¿qué experiencia hay más intensa de nuestra mortalidad que nuestra pertenencia al engranaje social, que existía antes que nosotros y seguirá haciéndolo después?

Más allá de Ortega
–Propuestas filosóficas como la suya, ¿confirman que existe un pensamiento español más allá de Ortega y Gasset?
– Admiro a Ortega, su obra y su influencia. Creo que es el hombre más lúcido de toda la historia de España y uno de los europeos más eminentes que ha habido. Me separo de él en un aspecto: él es un vitalista y no propiamente un existencialista. Detesta a Kierkegaard. Su concepción del mundo es la de una corriente de vida que no cesa, infinita. Desconoce la tragedia y el problema ontológico de la finitud. No tenía en realidad un temperamento metafísico sino deportivo. Las cosas que dice Ortega sobre la muerte, la finitud, la mortalidad, las postrimerías del hombre, no son dignas de él, son casi pueriles. Pero, pese a ello, me gusta situar el plan sistemático de mi tetralogía en un horizonte orteguiano. En ese mismo horizonte creo que debería situarse otras grandes figuras contemporáneas, como Muguerza, Trías, Savater, Cerezo o Marina. Esta nómina, que podría aumentarse, demuestra que hay pensamiento en España después de Ortega. Y conozco y admiro a otros filósofos españoles de la generación siguiente.

– A menudo ha defendido que la ejemplaridad es una categoría política fundamental. ¿No cree que España, en la política menuda y cotidiana, no es precisamente ejemplar?
–En mi ensayo Ejemplaridad pública defiendo la tesis de que todos los hombres vivimos en una red de influencias mutuas, somos ejemplos para los demás, los demás son ejemplo para nosotros. Los buenos ejemplos nos interpelan, nos remueven, nos “convierten”, porque nos muestran una conducta que es posible y somos culpables de no realizar; los malos ejemplos nos absuelven, nos perdonan, porque nosotros no realizamos eso que es censurable y ello nos convierte en virtuosos. Si esto es cierto, tenemos la responsabilidad del ejemplo, y ello tanto en la esfera privada como en la pública, no hay tanta diferencia entre ellas. Lo que sucede es que el político tiene una influencia mayor y por eso su responsabilidad es también mayor. Todos los políticos, los españoles y los extranjeros, los del pasado y los del presente, son ejemplos, positivo o negativo. Por eso tienen la responsabilidad de ser ejemplares. El valor político de la ejemplaridad no ha sido suficientemente destacado y por ello mismo tampoco exigido. La falta de ejemplaridad de los políticos tiene consecuencias desvertebradoras en el país, porque se pierde uno de los principales instrumentos de cohesión, los hábitos y costumbres cívicos que el ejemplo de las personas públicas crea en la sociedad.

–En este panorama tan confuso, y especialmente pensando en los más jóvenes, ¿qué papel pueden y deben desarrollar fundaciones como la March?
–Usted habla de panorama confuso y creo que acierta. El papel de la Fundación Juan March debe ser el de ofrecer confianza en este tiempo en que los criterios estéticos y culturales están poco claros, se cuestionan las referencias de la tradición y no se aceptan otras nuevas. Ante la posibilidad del “todo vale”, una institución como la Fundación, independiente y comprometida con el servicio a la colectividad, debe tratar de dar seguridad y garantías al interesado en el tema que sea de que lo que se encontrará en nuestras actividades tiene calidad y merece la pena.

–Hace un año celebramos el medio siglo de la Fundación Juan March. Ahora que no hay institución pública o autonómica que no organice exposiciones o simposios, ¿la Fundación se plantea algún cambio importante en su estrategia cultural a corto o medio plazo?
–La Fundación en sus primeros años fue pionera porque no existían otras instituciones públicas o privadas análogas. Ahora hay muchas. Nuestro deber es ser pioneros de otra manera, de una forma más reflexiva. Estudiar y analizar lo que ya se está haciendo en España y elevarnos a un segundo grado: ver lo que no se está haciendo y hacerlo; ver lo que se está haciendo y hacerlo mejor, con una aspiración a la excelencia. Una fundación no resuelve los problemas de la sociedad pero puede dar fórmulas, pueda sugerir ejemplos que otros generalizan. Ya ve, terminamos como empezamos, con la idea de ejemplo. No hay tanta diferencia entre la teoría y la práctica.
Nuria AZANCOT

Fuente: www.elcultural.es/HTML/20070503/Letras/LETRAS20392.asp